Me imaginé la emoción de caminar con los ojos bien abiertos, parando en cualquier lugar que me salte a la vista. La emoción de amoldarme a la ciudad, en lugar de moldearla a mi. Me imaginé comiendo cualquier cosa menos pizza y macarrones con queso, con gente que no me ofrecería ninguna de las dos, y no porque tenga como fetiche una falsa noción de comida auténtica. Toda comida tiene ligado un significado, que es auténtico para las personas y los lugares que la consumen. La tendencia hacia la comida rápida de estilo norteamericano y los restaurantes formales eurocentristas, sin una estampa regional detectable, decía mucho sobre las personas con las que estaba cenando, y de su percepción sobre mí. Pudimos haber cenado comida autóctona de esa parte del mundo, ya sea sopa de pavo maya, kak’ik, o un desayuno de tostadas de chow mein, pero en cambio había ido a la Ciudad de Guatemala para comer mozzarella importada de Campana.
El turismo muchas veces parece teatro. Transforma países enteros y culturas en bocaditos de experiencias digestibles. Como guía turístico, muy conscientemente intento dirigir a turistas y su dinero hacia personas y proyectos que creo representan una imagen auténtica de la ciudad, hacia trabajos que preserven la cultura local, en lugar de doblegarse al servicio de los gustos extranjeros. El turismo malo, ese que extrae la esencia de un lugar y la moldea al visitante, inconscientemente invierte en un lugar de la misma manera. Sin saberlo simplifica la narrativa, transformándola en una fantasía que desearían fuese real. Guatemala fue la primera vez que estuve del otro lado de ese intercambio.
“Es difícil viajar de forma sustentable, porque ni bien decidís viajar y pones el pie en un avión ya estás dejando una enorme huella de carbono”, así empieza Mariana Radisic Koliren, fundadora de Lunfarda Travel. “Quiero que la gente entienda el impacto que tiene el turismo, ya sea ecológico, tipo manejar por la ciudad en autos privados comprando botellas descartables de agua, o el impacto social también, como comprar souvenirs hechos en china en lugar de algo hecho por un artesano local. ¿Adónde están dirigiendo su dinero?”
Radisic hace de guía por Buenos Aires desde hace seis años. Al principio, odiaba llevar a sus grupos a las áreas más turísticas, pero hoy busca devolverle un poco de vida a los espacios elegidos. Por ejemplo Caminito, una hilera de casas coloridas que solían funcionar como conventillos para los inmigrantes europeos que llegaron a la ciudad de a miles al principio del siglo XX.
“El verdadero problema no es que vaya a buscar lo que está en el Lonely Planet, no creo que el problema es que la gente va a mirar eso, el problema es que la gente va para sacar fotos y no preguntan por qué esto está acá y existe de la manera que existe. Cuando yo recién empecé a guiar hace 6 años a mí me pasaba que no disfrutaba guiar por Caminito porque venía gente para comprar souvenirs hechos en China. Y me di cuenta que el problema no era Caminito. Caminito es un lugar donde vivía la tía de mi abuelo, donde mi abuelo vivió siendo hijo de inmigrantes en un conventillo y era parte de mi historia personal como porteña nieta de inmigrantes europeos. El problema no es Caminito, es que se convirtió en un Disneyland de la inmigración”.
Caminito cubre algo así como dos manzanas del barrio de clase obrera La Boca. La influencia de los inmigrantes italianos que llegaron hace un siglo sigue presente, pero hoy en día convive con el legado de los inmigrantes latinoamericanos que arribaron medio siglo después. La historia que nos cuentan es solo la primera. Escribí extensamente acerca de esta simple narrativa y cómo Netflix la legitimizó en el episodio de Buenos Aires de Street Food.
“Siento que de una manera la gente no viene a buscar las historias, si no la postal y la foto. Caminito me parece muy emblemático, es muy pintoresco, y la gente viene a sacarse fotos y escucha la historia muy por arriba. Y al no profundizar, no logran entender que esta inmigración se dio a partir de un blanqueamiento de esta sociedad, y al no meterse en estas historias de manera más profunda, perpetúan historias que son muy dañinas para la Argentina. Cuando viene un yanqui súper contento porque va a conocer el París de Sudamérica [sic], a mí me encanta romper ese esquema.”





