
texto por Clara Inés, arte por La Delmas
Antes de empezar quisiera aclarar que este texto no va a ser parcial como lo son los textos que intentan explicar algo que se vivencia, pero será trabajo de ustedes develar de qué lado del choripán me encuentro.
¿En qué se parecen un choripán y un peronista?
Explicar el choripán es sencillo: es el gran sánguche argentino. No titubeo ni un poco al escribir esta oración. Sinceramente, creo que nadie se atrevería a discutir que este embutido cocinado a la parrilla y presentado en su versión sin cortar, o abierto mariposa (aunque esta versión arruine el mejor embutido argentino secándolo y dejándole sabor brasa únicamente), entre dos panes, previamente pincelados con chimichurri, y coronado con salsa criolla es casi que un emblema nacional.
Dice Mariano Carou en Filosofía gourmet (2017) que este sánguche no solo es un rasgo identitario de nuestro país sino que también es una “victoria sobre la náusea sartreana”, este concepto no lo entendí bien sino hasta que me mudé a Capital Federal, desde donde el autor escribe. Cuando une llega a la metrópolis, sobre todo viniendo de un pueblo pequeño al centro del país, como mínimo se siente abrumado. Como en el libro de Sartre al cual hace referencia Carou, en la Capital une se siente sole y abrumade: todo es obsceno a tu alrededor. Grandes edificios como barrotes de una cárcel se levantan en tu entorno, la gente camina con prisa hacia ningún lado, como caballos desbocados todavía atadaos a sus orejeras, pero entre todo ese caos une se entrega al choripán un lunes al mediodía y casi sin buscarlo, una revolución contra el automatismo sucede a cada bocado.
Pero ojo, que venir de un pueblo no es venir de la panacea, esta revolución, y victoria, también se daba a la salida del baile, cada jueves: salíamos de casa bajo la promesa de hacer una piyamada en una casa amiga, en lo que era la mentira más grande e inocente de ese momento, a las 5 de la mañana cuando ya las panaderías comenzaban a abrir y los polícias de tránsito volvían a su trabajo tenías que salir del baile en la zanella que a tu amiga le habían regalado para su cumpleaños, los sweet sixteen versión sudamérica, con un choripán en una mano y con un melón repleto de vino en la otra (más conocido como “melancía” en mis pagos), esquivando a las patrullas porque de tener que pasar el test de alcoholemia lo grave no era el resultado sino el chancletazo que te esperaba después.
El choripán rompe al mismo tiempo que une: rompe el mandato de la mujer “prolija” cuando nos abrimos de piernas antes de dar el bocado. Rompe el hambre de los chicos que normalmente rechazan cualquier comida que su madre les prepare, excepto el chori del domingo mientras corren por el patio en pleno asado familiar. Rompe la verticalidad de la obra en construcción cuando el ingeniero se zampa el chori de obra que tan hábilmente preparó ese albañil que luego, con la misma destreza, levantará una casa. Hago un punto aquí, entonces, para pensar entonces en un primer encuentro entre el choripán y el peronismo: el quiebre del automatismo.
El peronismo, a diferencia del sánguche, no es tan fácil de explicar. No se puede resumir a una suma de partes porque es en su esencia un movimiento de masas y es en ese desplazamiento (Verón) que el sentido peronista se forma: ser peronista es desplazarse inacabadamente. Una explicación simplista para definir al Movimiento Peronista es decir que es la revuelta social generada a partir de la figura del General Juan Domingo Perón cuyo nacimiento remonta a la década del ‘40 y que continúa hasta hoy. Una explicación emotiva diría que el peronismo es el partido político argentino que persigue la justicia social: ambas definiciones son ciertas e imparciales, y por ende, injustas. ¿Pero cómo se explica un sentimiento?
En definitiva, el peronismo es un movimiento en constante contradicción e incomodidad, como el choripán rompe los límites: decir que el choripán es un sanguche es como decir que el personismo es un partido político. No es solo injusto sino que es insuficiente. El peronismo es más bien un rasgo identitario: pertenecer al movimiento peronista es reconocer en uno el sentimiento constante de hacer que todes la pasen bien, aún en la incomodidad. Como comer un choripán en la costanera mientras tenés que tirar la corbata hacia atrás, separar las piernas y ponerte de cara al viento para que el pelo no se inmiscuya. Y acá está el segundo punto de encuentro: el savoir faire. El choripán y el peronismo nos exigen un conocimiento: el de entender cómo encontrar el goce.

El peronismo y el goce: pizza y champán
En el imaginario social el peronismo y el goce están hermanados. En la tradición peronista, como en la tradición católica, nuestra meta es pasarla bien: el pueblo descansa en su D-os Estado ya que sabe que él hará lo mejor para nosotres. Este goce tiene también un costado hedonista: es decir de un goce inmediato que no repara en las consecuencias futuras. Durante los ‘90 vivimos nuestra época máxima de hedonismo peronista: pizza y champán, es decir la ascensión de la clase media profesional (pizza) a las clases altas (champán). Este gobierno de “nuevos ricos” remató el país en una fiesta sin sentido. Eso también es el peronismo. Pero, ¿por qué reparar en esta contradicción?
En primer lugar, es importante, para entender a este movimiento, recalcar en su costado contradictorio ya que es fundante para su existencia. El peronismo no puede existir sin contradicción: este D-os Estado es humano y, por ende, cae fácilmente bajo la tentación. En segundo lugar, la contradicción nos mantiene con vida: seguimos en movimiento para ser mejores. La idea de un movimiento que constantemente se va del poder y vuelve, con el fin de volver mejor, me lleva a pensar cómo tenemos que volver al goce ahora. El peligro de gozar, de pasarla bien, es que siempre está al borde de hacerlo a costa de otros. Cuestionarnos el goce, este goce voraz, es una manera de cuestionar el neoliberalismo, esa serpiente norteamericana que desciende al sur con la intención cipaya de romper nuestras comunidades. En ese sentido, volver al choripán, volver a la grasa chorreando por las manos es también alejarse del “sueño americano”, ese sueño individual de que solo algunos la pueden pasar bien, solo aquellos que “lo merecen”. Y ahi: la contradicción. Tenemos que preguntarnos cómo vamos a volver al choripán sin dejar que el lobby sojero y el lobby de la carne produzcan nuestra comida a costo de nuestro futuro. Cuestionarnos qué comemos y cómo festejamos hoy es, en definitiva, construir un futuro posible para que la fiesta siga. En ese período de hedonismo, como en toda fiesta excesiva y liberal, fatigamos la tierra y lo que esta produce. Los campos del interior del país abandonaron la diversidad agricultora para volcarse al negocio seguro que prometía la soja, y los pequeños ranchos se convirtieron en grandes galpones donde amontonar animales y alimentarlos hasta que sean rentables, torturarlos y que pase el que sigue. Como dice la poeta Elena Anníbali en su poema La sospecha: “ahora manejo por la 36 y solo se escucha / el frufrú de la soja / los aviones cargados de roundup / que se desplazan con un sonido antiguo de dirigible / emanando una neblina tornasol que arrastra / el mismo viento que silba en las taperas / no sé si esto sea el estrago / la podredumbre”. En esos campos en los que nos perdíamos entre los maizales persiguiendo las perdices hoy caminamos por como los rastros de una fiesta que otros disfrutaron, pero nosotros debemos limpiar. Esto no es necesariamente un llamado al veganismo, pero sí es un llamado a otro consumo, uno que sea consciente de todo el proceso que implica tener un animal en nuestra mesa.
El choripán y la fiesta popular
La historia argentina tiene muchos tomos, hay uno especial a principios de 1800 en donde los gauchos en las pampas empiezan a trazar la “tradición argentina”. Esta tiene como epicentro el encuentro. Normalmente, se daba mediante un truco, una ronda de mates o, claramente, a través de un asado. Faenar un animal es una tarea que requiere tiempo y personas. Bajo la intención de hacer que ese tiempo sea más placentero surge el ritual del asado. Entonces, cada corte de carne tiene su momento durante el proceso. El primero es el matambre, su nombre es muy figurativo ya que su rol principal es de entretener el estómago mientras el resto de la vaca se cocina. Es la primera capa de carne que se le saca al animal antes de ingresar a las costillas, es fino a veces un poco chicloso y, por sobre todas las cosas, rápido para la cocción. El chorizo, a diferencia de lo que se acostumbra actualmente en los asados, se guardaba para el futuro: era la recompensa de un largo proceso de trabajo. Para hacerlo se utilizaban los restos de la faena con especias, se rellenaban las tripas y luego se colgaban en la cocina para que los días siguientes al ritual se pudiera seguir disfrutando de la carne. Porque saber gozar es, en definitiva, saber esperar. Siguiendo con la idea de que el peronismo es inestable en el poder, a decir: siempre un período peronista es seguido por un período antiperonista en el gobierno. Peronismo y choripán vuelven a parecerse: ambos son un desafío de paciencia, para festejar primero habrá que esperar a que llegue el momento indicado.
El campo hoy ya no se parece al campo de 1800 y no solo por el desmonte de la soja y el feedlot, también, porque en estos tomos de la historia argentina el centro ha adoptado las tradiciones de la segunda ola de migraciones europeas a principios de 1900. Estos nuevos habitantes, sin embargo, trajeron tradiciones similares, como si todas las civilizaciones rurales habitaran igual sin importar su punto en el mapa ni a la distancia que se encuentren entre sí. Esta convivialidad permitió que generaciones como la mía, que en su vida han faenado un animal y que compran carne de supermercado empaquetada al vacío, podamos seguir disfrutando de este ritual del asado. En esto el choripán y el peronismo también se parecen: el placer se pasa de boca en boca. Lo que algunos llaman “doctrina peronista” es en verdad una educación del encuentro. El peronismo, como un buen asado, es el espacio perfecto para comunicarse y pensar un futuro mejor.
Volviendo unas líneas más arriba, es evidente preguntarse lo siguiente: ¿qué hace un peronista mientras espera su vuelta al poder? En la física, la energía potencial nunca es cero sino que esa masa de energía, que espera ser utilizada a futuro, se mantiene en un mínimo movimiento para que, cuando llegue su momento, tenga las fuerzas necesarias para hacer mover la rueda. Con los peronistas pasa lo mismo: aún cuando no forman parte del poder, mantienen viva la lucha por los derechos sociales ocupando cada espacio libre para que la derecha no pueda avanzar. Los días de lluvia, en Argentina, circula un audio de Cristina Fernandez en donde, con su voz tan característica, se lamenta: “hoy no podemos hacer choripán porque hay lluvia”. Y es que en Argentina hasta el más gorila lo sabe: los días soleados son días peronistas, el resto de ellos son antipueblo. El cielo despejado, el calor apremiante invitan a la fiesta popular, a encontrarse con otres y, en definitiva, de eso se trata el peronismo: de desear el encuentro.
Recuerdo mis inicios peronistas a la edad de 5 años, acompañar a mi mamá a la unidad básica a comer arroz con pollo y escuchar cómo los adultos debatían sobre volver al consumo local. Era el año ‘96 o ‘97, el boom de la venta del país y lo que más preocupaba en esa unidad básica del centro de Córdoba era cómo hacer para que la gente vuelva a consumir lo que sus vecinos producían, no solo para que los productores no se mueran de hambre sino para que la comunidad entera se mantenga hermanada y activa. En mi unidad básica villamariense se comía solo arroz con pollo porque era lo que los compañeros producían: el que tenía arrozal llevaba el arroz, el que tenía campo de animales llevaba el pollo y el que tenía puesto en el mercado llevaba verduras y así entre el esfuerzo colaborativo se armaba esa enorme olla popular. El único momento en el que eso era diferente era cuando viajábamos a la capital a las manifestaciones masivas. Allá no hay tiempo para sentarse, sacar los cubiertos de la canasta, montar la mesa y mirarse a los ojos, porque el ritmo sartreano de la ciudad no te permite frenar un momento para ver al vecino, entonces, el choripán es la mejor opción. Ese sánguche chorreante de grasa como las manos que lo producen y las manos que lo comerán, grasa de obrero, grasa de peronista, grasa de cabecita negra es alimento y goce perfecto para mantenerse de pie durante horas o lo que dure el trayecto desde Congreso hasta Casa Rosada entre bombos que suenan, voces que reclaman o festejan y gente que se encuentra y se abraza, como puede, en un mundo que si no inventamos cosas para romper con el automatismo, nos consume.
En este sentido todos los rituales alimenticios tienen que ver con esto, con encontrarse con otres, con crear un momento que rompa con el automatismo de los días y es en ese punto que el Movimiento Peronista y el choripán son la misma cosa. Ambos llaman a la celebración, al goce colectivo. Quisiera cerrar con una frase de Carou porque me parece que yo no podría describirlo “el choripán callejero es el triunfo momentáneo (mal que le pese a Sarmiento) de la barbarie sobre la civilización”. Como los cabecitas negras con sus patas en la fuente, el choripan viene a plantar el caos.
Clara Inés. Cocinera en recuperación, editora y cofundadora de las editoriales independientes Elemento Disruptivo y Trench Editora. Nacido en el conurbano bonaerense. Criada en Córdoba. Le encanta estudiar y abandonar carreras: ha estudiado Paleontología, Artes Combinadas, Edición Literaria y Francés. Actualmente está estudiando Crítica de Arte. Siempre está dispuesta para comer chipa.
La Delmas. Ilustradora y artista de NFT. Nacida y criada en el conurbano bonaerense, inspirada 100% en mis orígenes y el costumbrismo. Amante de la comida casera y el buen comer. Síguele en Instagram.